12 de enero de 2015

Constituyes la herida de mi corazón

P  u  ñ  a  l 
 
 
Lado izquierdo de mi caja torácica,
golpe certero de dolor,
convulsión estruendosa de amor,
víctima de la historia melancólica jamás contada.
Lado izquierdo de mi caja torácica,
invasión de destrucción
y habitación de corazón
hundido tras un paso por él.
Lado izquierdo, lado derecho, qué más da,
poblaste cada incierto rincón
de mi ser con solo una pasada
(de ti por mi vida).
 
 
T  ú
 
 
Mirada.
Mirada tímida que finge no serlo y expresa más que cualquier otra.
Herida.
Herida interna por aquella mirada que expresa más que cualquier otra.
 
 
A  m  o  r
 
 
Erizó mis sentidos hasta el punto de
no poder elaborar respuesta.
Agitó mi pulso hasta el punto de
padecer carencia de respiración.
Revolución.
Lado izquierdo de mi pecho,
lugar de la revolución que fuiste tú.
Dolor, dolor, dolor,...
 
 
Porque, ¿qué fuiste sino un puñal
constituido por Tú,
forma desconocida hasta ser conocida,
con una sola mirada?
Me heriste de muerte,
de amor,
de dolor,
de vida,
con tu mirada.
Eres aquel puñal que me hirió de sentimientos y dejó una herida que no parece cerrarse.


4 de enero de 2015

Tú como sueño que no cesa

El atardecer recorta tu sinuosa silueta,
cuerpo de otro mundo
capaz de llevarme lejos de este,
y mi aliento ha enmudecido.
La noche nos persigue
a nosotros, sus eternos amantes,
mostrando el encuentro
de nuestros cuerpos impacientes.
Mi mirada busca a la tuya,
quiero encontrar ese acusado sentimiento
que llaman amor
y saber que es correspondido.
Quiero hacer contigo
lo que la noche a las estrellas;
aparecerás como mi guía en el caos,
serás la cordura
y mi Norte.

El atardecer recorta tu sinuosa silueta,
silueta que cubre mi cuerpo,
cuerpo que está bajo tu arrope.
La noche nos persigue,
somos sus víctimas y caeremos
en la trampa que es amar.
Tu mirada busca la mía
cerciorándose de la existencia
de nuestro nosotros.
Un nosotros
que nos empeñamos
en volver sempiterno.
Quiero hacer contigo
lo que siempre debí hacer contigo:
quererte sin importar las consecuencias.

3 de enero de 2015

Te meces en dolor durante la caída

Asfixia y grito que muere ahogado.
Soledad acomodada entre las grietas de un corazón.
Palabras que mueren hasta ser suspiro en una boca.
Otro grito, otro agudo, el sonido de algo desgarrador rompiéndose en un interior.
Despiertas para descubrir que la humedad desciende por tus mejillas, que el dolor se mece en tu interior y que la rotura se ha producido en tu pecho. Abres los ojos y la más total oscuridad te rodea, no puedes abandonarla ni ver más allá. Has tocado fondo. El espacio es reducido. Sientes frío como aquello único que eres capaz de sentir. Levantas la vista. Metros y metros de caída en tu propio interior te han llevado a sumergirte en dolor y a encontrarte en la más profunda nada.



Entonces lo ves, es de noche y no crees en la existencia de una salida desde el hundimiento, hay una luz. La Luna. La Luna, una ajena musa, un lejano cómplice. La Luna es aquella luz que en el momento más lúgubre te muestra una escapatoria. Es la salida de aquel callejón acabado en una sólida pared. Presencias los muros que te rodean.
Otro grito, de nuevo el estruendo.
Te observas.
Una vez que has tocado fondo solo queda la ascensión. Eres lo único con lo que cuentas para lograrlo. Tú eres tu propio impedimento entre sombra y luz. Otro grito unido a un nudo eterno en la garganta. Tragas saliva. Aúnas todas tus fuerzas.
¿Asciendes?

27 de diciembre de 2014

Trescientos sesenta y varios días

Apareciste de milagro y casualidad en mi vida
con tu característico disimulo,
sin hacer ruido,
hasta que ya fue tarde para que me diera cuenta
de tu presencia bajo mi pecho.
Trescientos sesenta y dos días
cuento desde que sacudiste
mi corazón por primera vez.
Fíjate que narro nuestra historia en pasado
porque tú decidiste no formar un futuro,
ni tan siquiera darnos un presente.
Trescientos sesenta y tres días;
he soñado que volvías
y ahora la realidad me sabe a poco.
Invadiste cada parte de mí
enseñándome que ya no podía ser sin ti,
que no podía hablar
sin que te colaras en cada una de mis palabras.
Trescientos sesenta y cuatro días;
ha pasado mucho
desde la primera sonrisa que me robaste.
Y ahora que no sé ser sin ti,
que te has ido,
que mi realidad me sabe a poco,
que no volverás,
dime, ¿cómo hago para continuar?
Trescientos sesenta y varios días;
he perdido la cuenta
desde que habitas mi corazón.



(Un año.)

20 de diciembre de 2014

Causas de corazón roto.

Lo que más me duele de nosotros es que nunca
llegaste a saberlo:
moría por dentro.
Lo que más me duele de aquel nosotros
es que nunca supiste que te dedicaba
mis suspiros
mis versos
mis insomnios
mis deseos
mis noches
y cada sueño.
Lo que más me duele de nosotros
es precisamente eso, nosotros,
que nunca terminamos de ser
pero tampoco nos dejamos no ser.
Lo que más me duele de ti
eran tus a medias, tus mitades,
nunca fuimos ni tampoco no fuimos.
Fuimos dos mitades
que jamás se llegaron a unir.
A medias los besos
los deseos
los suspiros
el amarnos
y el estar juntos.
Fuimos a medias
y por eso no sé
darnos un fin.

23 de noviembre de 2014

Una mentira más

Quiero despojarme de los sentimientos
y dejar al desnudo a mi corazón.
Pero eso ya lo haces tú.
Con tus ojos oscuros
te cuelas en mi interior vacío
y lo habitas de sensaciones que,
antes, ni sabía que existieran.
Te cuelas dentro de mí
como si fuera una puerta abierta
que para los demás siempre estuvo cerrada.
Me enseñas a ser dentro de tus abrazos
cálidos, a volver a sentir
y a que ya nada es como antes.
Porque nada podría volver a ser igual
después de ti.
Ahora estoy tratando de volver a vaciarme,
porque a ver cómo le explico a estos
sentimientos que te has ido.
Voy a vaciarme de ti
como si nunca hubieras pasado por mí
como si nunca me hubieses devuelto a la vida
como si nunca me hubieras hecho volver a latir
como si nunca fuimos uno
como si nunca hubiese dicho "te quiero".
Como si esto solo fuera una mentira más
Por más que trate,
no podré vaciarme de lo que
siempre formará parte de mi ser:
tú.

22 de noviembre de 2014

No sé.

Enamorarse aún el riesgo de saber que no funcionará, de saber que tarde o temprano acabará y nada volverá a ser igual. Querer quedarte atrapada en un abrazo que no quieres que acabe. Querer encerrarte en sentimientos que sabes que no acabarán. Y ese es el problema.
El problema reside en cuando miras a unos ojos y sabes que no quieres dejar de hacerlo, en cuando sabes desde tu seguridad que no quieres separarte ni centímetros de esa persona. Que quieres cogerla de la mano y no soltarla, sentir sus dedos rozar tus yemas y no saber en qué mundo te encuentras. Querer sentirla hasta cuando sientes que los centímetros os separan.
No querer que se vaya y no querer marcharte, querer sostenerla tu lado, aún cuando sabes que se está yendo.
Enamorarse aún a pesar del dolor.
Y ese es el problema.