18 de febrero de 2014

La respuesta del choque.

Una explosión.
Dos corazones.
Pero solo herido un corazón.
Antes de tu huida, antes de todo, fue el choque, y con el choque, el accidente. El choque fue tu entrada en mi vida, como una colisión en la que explotan sentimientos. El choque, fue la respuesta de mis sentimientos hacía ti.
La respuesta del choque, en cambio, fue decirte lo que sentía. Y no obtener ninguna respuesta.
La respuesta del choque, eran tus sentimientos ocultos.
"No sé", respondías, y aún sigo esperando.
Pero esta vez, los "no sé" estaban enmascarados con una inminente huida. La tuya, la mía. O la de nuestros corazones.
Un adiós teñido.
Un "no quiero olvidar".
Y tu huida.
Llegó el choque final, enmascarado de dolor, para azotar a mi corazón.
Tú, comenzabas a alejarte, yo comenzaba a encerrarme.
La respuesta del choque acabó en lágrimas, por tu huida.
La respuesta del choque se convirtió en mi tortura.
"No quiero olvidar", sentencié, a mi corazón.
"Lo siento", te disculpabas, tiñéndolo, porque era un adiós.


Un recuerdo.
Un roto corazón.
Y un regreso.

12 de febrero de 2014

El incidente del accidente.

Fue a partir de aquel incidente, de aquel accidente, de aquella colisión, cuando todo cambió. Acción y causa, golpe y repercusión.

Un golpe.
En dos corazones.
El amor abría sus fauces,
estando los dos bajo su arrope.

"¿Quisieras acompañarme?", susurraste, esperando que fuera a tu lado, como esos amantes secretos de corazones inseparables.
"Te acompañaré", afirmé.
"Ya no te escapas de mí", sentenciaste, o sentenciaron a mis sentimientos, que ya no tendrían posible escapatoria dentro de las garras del amor.

Aquello, fue provocado por la acción del amor, repercutiendo en tu vida, golpeando la mía, y causando a dos que se creían inseparables.
Hacíamos nuestro lo imposible, una canción, un banco, dos estatuas, un momento y un abrazo. Hacíamos todo aquello que se espera de dos futuros uno.

Una huída.
Un beso.
Y ninguna posible vuelta atrás.

Pero, tu huída era inminente. Era el incidente al que conllevaba aquel accidente, a que escaparas.
Escapar, esta vez, llevaría a nada. Porque aquello de lo que querías escapar, lo llevabas instalado dentro de ti. Eso fue el verdadero incidente, el rasguño que provocó en tu corazón el accidente, o tal vez el amor.

Tú, huías de nosotros.
Yo, huía de la verdad.

Y, tras ello, solo tres números repercutían en mi cabeza:
"Once, veintiuno, veinticinco."
Unas fechas, quizás.
O una matrícula, tal vez. De un coche, que provoca el accidente del amor en tu vida.

Un conductor.
Un viandante.
Y una sola respuesta.

10 de febrero de 2014

El accidente.

En aquel cruce de miradas me atropellaron. El amor era el causante de tal accidente. Sangre, manchada de sentimientos esparcidos por el suelo.

Un viandante.
Un conductor.
Y el amor de por medio.

A paso firme por el cruce que era mi vida, siempre a riesgo de ser atropellada por el amor, y al final este último se salió con la suya.
Un pitido, ruidos, gritos y todo negro.

"¿Estás bien?", dijo aquel conductor, mesándose el tupé y mirándome.

Fue en aquel instante, cuando nuestras miradas se cruzaron, cuando sentí el verdadero accidente. Sus manos, rozando las mías. El nudo, en la garganta, y el estómago encogido por el pinzamiento del amor.

"Estoy", respondí, buscando sus ojos hasta dar con ellos. Oscuros, como su pelo, pero llenos de vida, que, por desgracia, se apagaba poco a poco.

Lo supe en cuanto le vi. Por desgracia o por buena suerte iba a ser él quién estuviera detrás de mis sonrisas a partir de ahora. Iba a ser él quién causara mis lágrimas. Y no me equivocaba al decirlo, pues las lágrimas no tardarían en aparecer.
Lo supe, lo supimos, y lo supiste. A partir de ahora la Fortuna jugaría con nosotros al son del amor, variando el "nosotros" como juntos o separados.

Mi sangre, esparcida, a culpa de los sentimientos, y tú estabas dispuesto a recogerlos, lo supe en tu mirada.

Una mirada, que decía todo, sin necesidad de palabras. Aunque fueron las palabras y aquel "lo siento" con matices de adiós los que terminaron destruyéndonos.

Una destrucción inminente.
Otro accidente.
Sentimientos catapultados en ríos por mis mejillas.

28 de enero de 2014

Te hablo a ti.

Insomnios que producen delirios,
pesadillas que acaban en insomnios
y un solo Insomnio dentro de mis sueños.
Sueños poblados de tus ilusiones,
poblados de esperanzas y traiciones,
y andamos en ellos por los cables.
Suena nuestra favorita canción,
¡escucha, Insomnio!,
la melodía va al son de mi corazón
que late por ti, Insomnio.
¿Quieres entrar en mis sueños, Insomnio?
Allí yo soy feliz contigo.

22 de enero de 2014

La Razón y el Corazón.

Decisiones e indecisiones donde las haya, siempre las segundas dominando a las primeras, de cuando el Corazón y la Razón dictan cosas distintas.
"Te van a hacer daño" dice la Razón y, volviendo a su debate, dictamina: "Esto no está bien".
En cambio el Corazón parece tenerlo más claro:
"Sabes lo que sientes y ello conlleva a la felicidad. Hazlo".
Pero ninguna de ambas razones parecían dictaminar algo dentro de su propia cabeza, volviendo a sus sentimientos en nudos con candados, imposibles de deshacer.

"Le quieres", sentenció el Corazón,"y él a ti".
"Pero ella sabe que ahora lo suyo no puede ser" aludió la Razón a la realidad, a cómo eran las cosas.
Seguía con la presión en el pecho, ella, con las mariposas en el estómago, y las cataratas en los ojos. La Razón hacía honor a su nombre, todo podría salir mal e incluso podría ser que nada saliera adelante. Pero ella sabía que así jamás sería feliz que, así, solo acabaría con un vacío más en su pecho.
"Si no lo haces, no serás feliz" y cuánta razón poseía el Corazón.

Y, aún pese a todo, ella se preguntaba: ¿Quién ganará, el Corazón o la Razón?

9 de enero de 2014

Una espera (casi) eterna.

Te escribo, esperando que me leas.
Te quiero, soñando con que tú lo hagas.
Y te vuelvo a escribir, esperándote.
Te espero, en aquel lugar donde solíamos estar.
Y estoy, justo donde me debo hallar,
y vuelvo a caer, esperándote.
Mientras espero, no me paro de preguntar
"¿Algún día volverás?".
Porque, quizás solo puedo hallarme esperándote.
Esperándote pasan los días, como el mar,
como las olas.
Porque te esperaré hasta que vuelvas,
a mi vida, para volverte a amar.

21 de diciembre de 2013

Bifurcación entre tú y yo.

A tu lado todo se basaba en cruces.
Cruces de miradas fortuitos, de tus ojos buscando los míos hasta el encuentro y el calor en mis mejillas. Cruces, que acabaron siendo sinónimo de complicidad entre almas que se atraen la una a la otra, y van en su busca, hasta unirse. Cruces, de mi mirada buscando consuelo en la tuya o algún reflejo de amor, de que lo que sentía era cierto. Cruces, a los que ni yo misma aportaba cualquier importancia; cruces, que pasaron y acabaron siendo todo.
Cruces de caminos, de vidas que se juntan para luego separarse, como el nuestro. Te fuiste y nuestros caminos se separaron, como si todo lo que nos queda de ello fuera el cruce que tuvimos.
Cruces en calles, cruces en paseos, cruces en autobuses,... En eso se convirtió todo aquello que tuvimos.
Ahora solo me brindas un cruce de miradas, tu mirada rehuyendo de la mía cuando te observo, quizás porque mis ojos expresan todo lo que siento y no quieras afrontarlo. O quizás porque ya te olvidaste de mí. O quizás porque no quieres mostrar el vacío que hay en tus ojos.

En los cruces de miradas, se haya toda la verdad que necesitas saber a cerca de una persona, porque se basan en la mirada, en los ojos, que son el espejo del alma, de nuestros sentimientos.